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Pasqual Herreros, culto y socarrón

El obispo Pascual Herreros, un hombre culto, de reconocida valía profesional según sus coetáneos y con sentido del humor según se desprende de alguno de sus escritos, desempeñó cargos relevantes y se codeó con las más altas esferas de la corte madrileña.

Sin embargo, fue sobre todo alguien muy apegado a su pueblo, al que favoreció de muchas maneras, con su hacienda y sus favores, y en cuya tierra quis, sin éxito, que se enterraran sus restos.

Un hombre culto y eficiente

Los comentarios sobre la valía de Pasqual se prodigan en todas las referencias históricas a este santo varón: en 1863, en una entrada muy completa sobre la carrera de nuestro milmarqueño, una enciclopedia eclesial explica que “Estudió los derechos civil y canónico en la universidad de Salamanca, y salió muy aventajado en ellos”. En otra referencia se afirma que hizo sus primeros estudios en Sigüenza, con “notable aprovechamiento”.

Su desempeño profesional también colecciona elogios. Por ejemplo, su superior en Zaragoza, el arzobispo Araciel tenía “grande aprecio de los dictámenes y opiniones de este eclesiástico cuyo vasto saber y erudición conocía y cuyo éxito correspondía a la gravedad de los negocios de su gobierno que le consultada”.

Otro tanto ocurre con su carrera en la Inquisición, donde llegó a ocupar uno de los puestos de máxima relevancia, en el órgano de gobierno inquisitorial de los reinos de España, el Consejo de la Suprema y General Inquisición. Por si fuera poco, ocupó además cargos en la administración civil, en concreto en la Hacienda real, como fiscal en la Real Junta de Tabacos de Madrid.

Y todo ello mientras no se olvidaba de su pueblo. La relación de sus méritos como mecenas no tiene parangón: sus donaciones y limosnas ayudaron a la construcción de la ermita de Jesús y a la instalación del órgano de la parroquia y sus gestiones permitieron traer a este apartado lugar del mundo un tesoro que, en aquella época, tenía un valor incalculable: una pequeña astilla del madero en el que fue crucificado Jesucristo.

Aquí, en Milmarcos, quiso que se enterrarán sus restos y así lo dejó escrito en su testamento. Sin embargo, no pudo ser y, al parecer, descansa en la capilla de la Virgen del Dado en la Catedral de León.

Noble de familia

Los Herreros, una familia noble según la biografía del obispo, aparece por estas tierras al menos desde 1627, cuando se bautiza en la parroquia a Antonio Herreros Merino, abuelo de obispo, Una estirpe que tiene su prolongación con la hermana de Pasqual, Antonia, quien se emparejara legalmente con Juan García,  un joven nacido en Hinojosa pero cuya  madre y abuelos maternos, Domingo Cubillas y Olalla García, eran naturales y vecinos de MIlmarcos.  

Tres hijos tuvo este matrimonio, fundador del linaje de los García  Herreros: Miguel, Juan Antonio y José. Este último fue alguien realmente importante, merecedor incluso de una entrada en el  diccionario biográfico de la Real Academia de la Historia: “Tras ser ordenado sacerdote se trasladó a Valencia como canónigo y dignidad de la Iglesia metropolitana de esta ciudad. Tras su estancia valenciana, se trasladó a Cartagena como inquisidor y en 1757 fue nombrado auditor de la Rota. El 10 de noviembre de 1765 fue elegido consejero del Consejo de Castilla y en 1783 comisario general de la Cruzada. Entre 1777 y 1778 presidió el Honrado Concejo de la Mesta”.

Mandó construir la ermita de Nuestra Señora de los Dolores en su localidad natal de Hinojosa y, al parecer, donó  “la túnica más valiosa” de la imagen de Jesús Nazareno de Milmarcos.

Juan Antonio, ocupó cargos de tanta relevancia como el de juez mayor y Oídor de la Chancillería de Valladolid; alcalde de Casa y Corte y Consejero de  Órdenes Militares, mientras que Miguel fue alcalde de la ciudad de Sigüenza en 1761 y, probablemente, el responsable de la construcción de la gran casa de la familia en el paseo de Jesús. Al menos de la casa tal y como hoy la conocemos, con su fachada y el escudo familiar en su portada.

Con sentido del humor

Los grandes logros de Pasqual se pueden condensar en apenas unos párrafos, pero no ocurre lo mismo con su legado… tanto la ermita, como el órgano como la reliquia que guardamos (hoy apenas apreciada; una más de la infinidad de supuestos restos procedentes de la cruz de Jesús) son pequeñas joyas de un patrimonio que, de muchas maneras, define Milmarcos.

Junto a ello, además, Pasqual dejó algunos escritos en los que, más allá de su condición eclesial, su cultura y su condición como hombre del siglo XVIII, dejan atisbar algunos rasgos muy interesantes, cierta sensiblidad, incluso un sentido del humor con mucha retranca…en un dictamen sobre una disputa sobre limosnas en la parroquia y el monasterio de Santo Toribio, en Cantabria, nuestro milmarqueño deja entrever su socarronería al referirse a  “la contagiosa epidemia que se padece en la villa de Potes de acudir a implorar el auxilio divino por medio de Maria del Rosario cantandoselo por las calles los eclesiásticos, estudiantes, y otras gentes devotas”.

En cuanto a su carta “ a las muy amadas hijas nuestras en Jesuchristo, las Abadesas, Prioras, y Religiosas de nuestra filiación y a todos los Directores, y Confesores, que con nuestra licencia confiesan Religiosas en toda nuestra Diócesis”, es cierto que hoy en día no pasa ni un sólo filtro, pero hay que reconocerle una pluma muy florida: tras referirse a la credulidad de las mujeres , y a los “grandes males” que la he provocado a la Iglesia, cita también su “propensión natural” a la “curiosidad y deseo de saber lo más oculto”… y no lo hace con ánimo elogioso, desde luego.

Dos párrafos son especialmente hirientes:

El Enemigo conoce su flaqueza desde la caída de la primera mujer e imprime y prepara lentamente para el engaño o la mentira que el mismo sexo (la mujer) sabe pintar con su halagüeña blandura de sus palabras, lágrimas y demás atractivos para ser creído”.

Y más denigrante todavía…

“Sería muy largo, ocioso y aún de mucho peligro a la debilidad de vuestro sexo explicar aquí que reglas se deben seguir para distinguir en estas materias lo verdadero, o verosímil, de lo falso, o inverosímil”.

Aún así, o quizás por ello (como compendio de la mentalidad de una época no tan lejana), resulta muy interesante la lectura de esta carta. Se puede descargar en el repositorio de documentos de la Universidad de Valladolid, aquí la tenéis: https://uvadoc.uva.es/handle/10324/42711

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