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Unos pequeños trocitos de historia

El 23 de febrero de 1769 el señor obispo de León, Pascual Herreros, firmó el documento por el que hacía entrega y certificaba como auténticos los fragmentos del Lignum Crucis que había donado a la iglesia parroquial de San Juan Bautista de Milmarcos, donde había sido bautizado.

Cumplimos ahora el 255 aniversario de aquella donación y aunque no es una cifra muy redonda – se nos pasó a todos el 250 aniversario – es un buen momento para recordar un acontecimiento hoy casi olvidado pero que en aquella época, en el siglo XVIII, debió constituir un motivo de extraordinario orgullo para los milmarqueños.

Lignum Crucis

Los fragmentos del madero en el que supuestamente fue crucificado Jesús están considerados entre las reliquias más importantes de la cristiandad, junto con la Sábana Santa de Turín, la lanza sagrada o el Santo Grial … Los más conocidos y venerados se encuentran en el Monasterio de Santo Toribio de Liébana, San Pedro del Vaticano y Caravaca de la Cruz, en Murcia, pero hay muchos, muchísimos más trozos repartidos por medio mundo. En España, por ejemplo, también se guardan pedazos más o menos grandes en  Caspe, Sevilla, León, Málaga, Alhaurín el Grande, Gijón, Salamanca, Soria, Andujar, Puente Genil, Aguilar de la Frontera, El Viso del Alcor, Dos Hermanas, San Cristóbal de La Laguna,…

Al parecer, la fragmentación de la cruz se inició desde el mismo momento de su descubrimiento, en el siglo IV, por la emperatriz Helena de Bizancio, y las iglesias y los poderosos de toda Europa compitieron durante siglos por hacerse con pedazo de tan preciado tesoro, lo que dio pie a más de una fraude y picaresca.

Hay tantos que se ha llegado a decir que juntos podrían formar un bosque… una exageración a todas luces y desmentida, además, por un estudio científico -hay gente para todo- que constató que los pedazos conservados no dan ni para el travesaño de la cruz.

Muchos de esos lugares son centros de peregrinación cristiana, muestran con orgullo sus trocitos en capillas y relicarios y los sacan en solemnes y vistosas procesiones. En Milmarcos somos más humildes y eso que tenemos un certificado de los buenos: en el documento de donación Pascual Herreros afirma que “la parte o astilla que a la frente de dicho relicario se halla puesta en forma de cruz con adorno de papel e hilo dorado, es extraída de la que auténticamente se venera por “Lignum Crucis” en el convento de las Señoras Descalzas Reales de Madrid, la que obtuve de su abadesa por pura donación”. 

Las Descalzas Reales

Este convento, en el que profesaron mujeres de la realeza y de la alta nobleza hispana, constituía todavía en aquellas fechas un centro político y religioso de primer orden. Creado por una hermana de Felipe II, Juana de Austria, en 1559,  sus sobrios muros exteriores aún albergan hoy en día, pese a incendios y expolios, un interior palaciego y extraordinarias obras de arte.

Especialmente durante la presencia de la emperatriz María de Austria y su hija, el convento fue un paso obligatorio para los embajadores y enviados europeos que acudían a la corte madrileña, muchos de los cuales, deseosos de ganarse el favor de estas mujeres, acudían con restos y objetos santos como regalo. Además, otras ramas de la casa de Austria, en Alemania y Bruselas, enviaron a sus pariente reliquias y reliquiarios, hasta completar una colección que, en su momento de mayor esplendor, llego a guardar unos cuatrocientos objetos.

Entre todas estas reliquias, el Convento se preciaba especialmente de dos tesoros: una paja del pesebre del niño Jesús, regalo de Bruselas de la infanta Isabel Clara Eugenia, y al menos dos trozos del Lignum Crucis.

Junto a su valor religioso, uno de ellos parece que además tenía ciertas propiedades milagrosas: las monjas lo sumergían en agua y se bebían el líquido resultante – al parecer se teñía de rojo – para curar las “fiebres terciarias”, nombre que recibía por aquel entonces la temible malaria

Tenían otro fragmento de madera más clara, circunstancia que les suscitaba ciertas dudas sobre su autenticidad. Totalmente desechadas, eso si, tras realizarse un prueba realmente definitiva: un sacerdote la partió y todos pudieron ver como “sangraba”.

No sabemos a cual de estos fragmentos pertenecen las astillas que conservamos en Milmarcos… Quizás podríamos hacer un par de experimentos.

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Un mecenas muy generoso

No hemos podido descubrir tampoco cómo se hizo Pascual Herreros con la reliquia, como logró esa “donación”. Lo que no cabe dudas es que este obispo milmarqueño culminaba con este legado su amor por el pueblo, al que también había donado un cáliz de plata y había ayudado en la construcción de la ermita de Jesús Nazareno y en la instalación del órgano parroquial.

No parece, sin embargo, que tuviera mucho que ver con la construcción de la casona familiar de la calle Jesús, al menos con la estructura que ahora conocemos. Varios indicios apuntan a que se puede atribuir a un sobrino suyo, Miguel García Herreros, hijo de su hermana, María, casada en Hinojosa con Juan García.

En cualquier caso, un tipo magnífico este Pascual, al menos así lo reconocen diversas fuentes de la época, que no dejan de destacar su extraordinario intelecto y capacidad, tanto en sus labores eclesiales, como en sus cargos en la Inquisición y en la administración civil del Estado. Debió ser una persona muy interesante, algo socarrón según parece adivinarse en algunos textos que se le atribuyen, alguien con el que pasar un buen rato conversando sobre las anécdotas y personajes que conoció en Zaragoza, León y en la corte madrileña.

En el documento de donación de la reliquia, Pascual Herreros señala que “deseoso del mayor culto y veneración de nuestro Señor Jesucristo” hace “gracia y donación a la parroquia de San Juan Bautista de la Villa de Milmarcos, donde recibimos las aguas del Santo Bautismo”.

En esas fechas,  Herreros, que llevaba ya varios años en la silla obispal leonesa,  quizás veía cerca su final:  apenas un año más tarde falleció en León. En su testamento dejó bien claro que quería que sus restos reposarán en Milmarcos, pero parece que nadie le hizo caso y, según los archivos, allí continúa, en la capilla de la Virgen del Dado de la catedral leonesa.

(Buena parte de esta información provienen del artículo firmado en la revista Mill-Marcos por Eduardo Esperanza, quien también nos ha facilitado la imagen del reliquiario)

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